«Y la Nombraron Mujer»

Por Laura Martínez. Publicado en «Caras y Caretas».

Léonie Garicoïts es una escritora uruguaya que escribe desde la matriz mostrándonos en su último libro el lenguaje que nos engendra para decir nuestro verdadero nombre.

Es largo el debate sobre la literatura de género, el arte trasciende la matriz que genera las palabras, pero al decir esto de algún modo ya estamos estableciendo solo con la frase una característica femenina. Crear, incubar, engendrar, parir. Creo que las mujeres, básicamente las poetas, escribimos desde nuestro nudo arterial que nos define con una fuerte memoria marcada por grandes heridas en nuestros orígenes, con un palpitar de corazón expuesto, buscando la imposible cicatriz que no puede escapar a la desnudez que genera en el lenguaje que nos nombra.

Sería como tratar de establecer un no compromiso con el tiempo que vivimos, con nuestro entorno, despojarnos de las vestiduras más auténticas para ocupar un poblado fantasmal, una isla de palabras mudas, la elaboración triste de una máscara informe que no logra ser salvada por metáforas.

Léonie Garicoïts es una escritora uruguaya que escribe desde la matriz. Su último libro “y la nombraron mujer” muestra las diferentes caras de las mujeres que pueblan todos los follajes de los bosques del mundo, pero en particular podemos ver la mujer que conocemos, la que se nos parece, la poeta uruguaya que puede ser universalizada pero que no es infiel a lo que narra cómo no podría hacerse trampas a su nombre, aquella que camina a nuestro lado y en la cual podemos reconocernos fácilmente.

Llegué a su poesía hace unos años, pero sin un acceso importante a un trabajo que evidencia alto compromiso con el universo policrómico de todo lo que compone la riqueza de nuestra breve pero imprescindible existencia, luces, sombras, vida y muerte, esa calle con faroles balbuceantes por las que todos transitamos. Esa distracción frente a los poetas uruguayos existe y muchas veces hemos leído preferentemente otras cosas considerando que lo que viene “de afuera “es seguramente superior. Más allá de preferencias personales creo que tenemos un importante “debe” con los nuestros.

Todo libro se construye sobre andamios de otros libros, toda historia es la única historia, la nuestra, la existente, la que nos cuenta, la que nos muestra muchos espejos para mirarnos, pero a veces dejamos la lectura de nuestros coterráneos para el día después. Parece que nos hermanáramos más con lenguajes que son muchas veces ricos, pero que no nos muestra aquella esquina por la cual caminamos, y leer a los nuestros es básicamente un fuerte constructor de identidad.

Este libro que llegó a mis manos con los ojos múltiples de diversas mujeres en la tapa, algunos capaces de mirar por dentro, otros heridos y extraordinariamente lúcidos, también ojos apagados, sombríos por el dolor y la desesperanza, me llevó a caminar hacia la casa que también me habita, logrando una hermandad que existe entre todos los que tratamos de hacer con los largos laberintos de los desencuentros y las telas de araña frondosas una especie de hilo de oro que nos conduzca hacia la libertad.

Libro de amena lectura, en historias que convocan, con un lenguaje poético que lleva a reflexiónno es tan sencillo lograr más que belleza, la capacidad de conmover y hacer pensar no es patrimonio de todos nos lleva a conocer diferentes mujeres con el hilo conductor de la arteria principal, del núcleo que no abandona el desgarro fundamental por donde la palabras vivas palpitan encontrándonos.

“Solo de noche desamparada en su dormitorio, cuando el sueño le roba la razón, vive y vuelve a vivir esa tarde en que no habló y en el silencio de la noche murmura las palabras que no pudo decir entonces”.

Se trata de decir. Un libro realmente nace cuando el lector puede cruzar el puente con el escritor, antes es solo un garabato mustio con sus tentáculos desesperados sumergidos en el océano, es en la búsqueda de una especie de salvación que insiste para permanecer y ocupar diferentes espacios vivos que los libros verdaderamente existen. En este caso una mujer poeta que conoce de mordazas, logra romper todos los cepos para encontrarse con la música.

No es un libro mudo para ocupar el sitio de los adornos, rompe añejados estereotipos, arriesga la construcción desde los escombros, deja al lector la libertad de la búsqueda entre pliegues que no tienen el zurcido completo para que la experiencia del camino también fluya en una mezcla de tierra y agua, con faros posibles, sin cierres profundos, abriendo puertas y ventanas para un descubrimiento fascinante.

Las mujeres nacemos con un fuerte deseo de lucha, a veces en una especie de cárcel que muestra paredones ante los cuales pretendemos subir cayendo, cuando parece que al fin hemos llegado dificultosamente al urgente estampido sin tregua de la esperanza.

Años invadidos por un gran silencio nos ha rodeado, el riesgo de romperlo es importante,transgredir para ser muchas, ser todas, las que en la soledad más profunda conversan con personajes imaginarios, tan reales como los sueños palpables de la magia del arte que finalmente nos traduce.

Léonie se dice y nos dice, va desde un mundo que tiene manos múltiples ascendiendo hacia la boca que grita, en esa aventura de lenta urdimbre misteriosa, desde el vientre a los ojos, por detrás de los párpados y luego con una mirada inquisidora que nos escribe por dentro, ella sobrevive, sobreviviéndonos.

La soledad, el dolor, el abandono, la locura, el misterio, el rechazo, la lucha, el amor, el desasosiego, tema por tema, con olor a café en la tarde cerca de un pequeño fuego apacible, o bebiendo una copa de vino tormentoso en los boliches nocturnos repletos de solitarias bengalas, donde las mujeres y los hombres fantasmales y agónicos van a buscar el imposible resguardo de un traje que se deshace, en el imposible refugio de los que nunca logran tener nombre.

Lilith, la única, la inimitable, la loba de la extraña luna, la hechicera magnánima, Elena la nunca princesa que desciende al territorio de los hombres que se han ido, el tedio, la rutina, la muerte disfrazada, el rictus de una mueca desprovista de fuego y sin mudanzas, la madre imposible, la mujer estéril, la fértil alfarera del orgasmo, la impúdica y valiente aventurera que toca la escuela de la sangre que a todas las mujeres acompaña.

“Me sumergieron en la desventura. Cargar con el dolor, el dolor de sentir que te desgarran el vientre, que se parte tu cuerpo, la desesperación de ver sangre, de sentir el palpitar que se escapa en manos de un desconocido, tu sangre y la sangre de tu hijo como fuente derramada”

Sola, tras las rejas, en un rincón, hablando con la amiga que pertenece al mundo de los sueños en el cual estamos poderosamente vivos, amando, desamando, cerrando baúles, despojando los trenes de sus vagones abiertos, sepultando recuerdos, resucitándolos del polvo azul que contiene la caja del misterio.

“Y la nombraron mujer” es un libro profundamente femenino, quizás por eso es de todos, se crece en un universo de palabras, se anda por múltiples senderos para asumir el riesgo de aventurarse en mundos humanos aún inexplorados, de todos, de todas, tan copa de luz, tan incendio, tan dolor, tan vida, tan nuestros.

Es desde el dolor que se nace, con una mirada profundamente lúcida para contar el ruido de la sangre que camina por arterias palpitantes. De saber mirar para contar surge este puñado de relatos fundamentales unidos en un libro que transmite la riqueza innegable de los paisajes más auténticos, deteniéndonos en las estaciones olvidadas por las cuales caminamos sin cansancio posible hasta encontrarnos en el viaje.