Prólogo de «Amarga Misericordia»

Por Gerardo Ciancio

“mortifico las palabras

para que hablen por mí”

LG

Si la creación literaria parece estar signada por la dimensión autobiográfica, o mejor, si la obra de arte verbal connota, de una forma u otra, la vida del escritor o de la escritora, entonces el corpus poético de Léonie Garicoïts se nos aparece como evidencia de ello. La mujer, la trabajadora, la profesional, la amante, la solitaria, la disfrutadora de las cosas grandes y pequeñas de la vida, la poeta, se dibujan y desdibujan en el tejido de sus versos. No obstante, sería muy audaz simplificar la propuesta poética de Léonie Garicoïts, reducirla a una tematización posible de su biografía. El algoritmo no es tan sencillo. Hay en este discurso, además, una serie de tópicos que lo recorren a través de sus diferentes libros, y que se sintetizan, particularmente, en este que hoy prologo: el discurrir del tiempo, el amor y sus diferentes facetas, la soledad como una forma de asumir la existencia, las relaciones de poder, la rutina y el deseo de fisurarla, de escaparse o evadirse de sus tentáculos, de rebelarse frente a ella, la certeza de la muerte, la memoria y el olvido, la vida como una forma del azar, el cuerpo y sus signos como un lenguaje alternativo, la intimidad del hogar, del espacio propio, las formas más o menos explícitas de la violencia, el arte, el lenguaje y las posibilidades de la palabra en el poema. He aquí una posible recensión de ciertos temas que atraviesan la poesía de Léonie Garicoïts y que subyacen bajo lo superficie textual o bien se asoman a la textura visible de sus poemas.

En este libro, la situación por la cual el corazón siente la miseria del otro, la desgracia ajena, es decir, la misericordia, se vuelve amarga: si bien no se constituye en un oxímoron pleno, el sintagma “amarga misericordia” nos avisa desde el comienzo (aún no se ha ingresado al texto en sí, sino que se está en una instancia paratextual) de un sentimiento encontrado, doloroso, compasivo, una empatía que segrega cierto dolor, nos instala en un estado de ánimo, en un pesar que se comparte aunque duela. En otras palabras, el título anuncia y sintetiza el “tono” del poemario. Y digo esto, porque releyendo la bibliografía de Léonie Garicoïts, encuentro una particular preocupación por “designar” sus libros, por “indicar” desde el vamos los posibles itinerarios de su escritura a la interna de las páginas que se leerán una vez abierto el volumen. Entiendo que este fenómeno ocurre, por ejemplo, en los libros Vuelta de hoja, Mar de lluvias, Tatuado en mí, Por vivir o, en un caso más emblemático, en Poder, donde la síntesis como ejercicio de “bautismo” de titulación del libro, cobra su mayor significatividad.

El libro funciona casi como un tríptico discursivo cuyas partes se vertebran en torno al tema del tiempo, “este mínimo / segundo / que ya fue /y lo perdimos”. Tres textos breves – parece ser que en la brevedad, en la síntesis poética, la pluma de Léonie Garicoïts logra los pasajes más intensos de su propuesta lírica – operan a modo de introducción o pórtico de ingreso de las respectivas zonas del poemario. En ellos el tiempo se define desde el campo metafórico. “Tiempo / es un lirio /que quiebra / el aliento / cuando guarece / la tumba”, dice en el segundo de estos sucintos poemas. El tercero se constituye, prácticamente, en un arte poética: “tiempo /es el resto que / queda /luego de la /palabra”. Una clara conciencia de nuestra temporalidad (“caracol de las horas”), de nuestra evanescencia (incluyendo la evanescencia del lenguaje, o mejor, del acto de habla), de nuestra vulnerable condición humana (“Chronos insobornable”), fluye textualmente o entrelíneas en la obra poética de Léonie Garicoïts. El tiempo se adhiere al sujeto, es el sujeto, nos constituye; la voz poética se apodera del tiempo, lo subjetiviza: “mi tiempo / mis horas”. Por momentos, la dimensión temporal (“un círculo /de tiempo inacabado”) aparece constituida en ciertas imágenes que destilan violencia:

“al cucú le volaron media cabeza

de un disparo

y con la mitad que le queda

confunde la marcha del segundero

canta las horas cada quince

minutos”

El yo lírico, incluso, se define, se referencia a sí mismo de la siguiente forma: “soy / cangrejo confuso / atrasado en el / tiempo”.

Y es en este sentido, que se instala el tema de la muerte como destino inequívoco. La tradición poética del tratamiento del tema de la muerte como estación terminal de la vida, como compañía permanente que se sabe certeza, como testimonio de nuestro vulnerable pasaje por la existencia que se remonta a Manrique o al más barroco Quevedo, se manifiesta aquí con riqueza poética y con imágenes sutiles y muy logradas desde el punto de vista compositivo:

«cómo llama la muerte

sopla suavemente en el oído

marca el paso con un bastón de miel

se acerca y acaricia la mano

es una breve bruma que sacude el

instante

o una brava serpiente que muerde el

tobillo»

O bien, la muerte se corporeiza en los muertos, es decir, cobra sustancia tangible en la memoria emocional de la poeta, quien, desde la elegía del poema los enumera, los convoca a la superficie textual:

“en la noche cuando

me sorprende el insomnio

mis muertos en cadena llegan

a llorarme sus cuitas”

Amarga misericordia marca un crecimiento, o mejor aún, un ahondamiento, una forma de profundización por parte de Léonie Garicoïts en su propio ser estético, en su propio discurso poético, en las posibilidades que la obra de arte verbal le ofrece, a sabiendas de que lo que perdura, lo que permanece más allá de la coyuntura, del arco temporal de la existencia, es “el murmullo / atroz / de las /palabras”.

Gerardo Ciancio