La búsqueda espiritual de Léonie Garicöits

La búsqueda siempre lleva a un más allá. A un más allá desconocido y, a veces, deshabitado. El que busca no tiene miedo a la imagen que se refleja en el espejo. Y no lo tiene porque ha trascendido el dolor de la soledad (provocado al saberse diferente) y se ha adentrado por el ignoto camino que le llevará al reconocimiento de su ser más profundo. La búsqueda es una lucha constante con el espíritu para llegar a ser más de lo que se es y esta pelea con el interior anímico (con triunfos y derrotas personales a partes iguales) va implicando, necesariamente, una transformación. Ni que decir tiene que esa modificación de la persona se transparenta tanto en su estar como en su actuar en el mundo. El que busca, ya sea a través de la aventura o de la palabra, modifica –irremediablemente- su emplazamiento vital y, es más, si la búsqueda se hace con meridiano éxito, el que así emprende el camino acaba convirtiéndose en un héroe (heroína en este caso).

Calificamos como héroe al ser forjado en la adversidad que se atreve a mirar la realidad con sus propios ojos, sin miedo a los otros, a la opinión social o al orden establecido.

Así, el poeta (o el narrador), el cual también participa de este concepto de búsqueda (de no ser así no se embarcaría en la ardua tarea de la creación), al abrir puertas antes cerradas, va descubriendo mundos nuevos ante la mirada del receptor del texto. Éste es su particular camino heroico hacia el otro lado de las cosas, una búsqueda difícil que, a veces, se torna titánica, aunque, no por ello, imposible.

Y ahora viene la pregunta de nuestro descolocado lector. ¿Y esto a cuento de qué viene ahora? Pues, simplemente, a propósito de esta obra que con tanto placer he leído y releído (por el reconocimiento espiritual que en él he encontrado): el último libro de Léonie Garicoïts, Vírgenes y lobizonas, un pequeño volumen de 27 (número tan difícil que parece imposible) relatos cortos o micro-narraciones aparentemente inconexas entre sí, pero, como cualquier obra salida de la mano o del corazón de la artista, se construye con hilos comunes hasta entretejer una historia de búsqueda personal que es, a la vez, universal y trascendental. La obra está compuesta por relatos tan cortos que pueden hasta leerse en la inmaterialidad de la pantalla contemporánea, lo cual no quita para que estén pergeñados con esa voz poética que late en el interior de otros libros de la autora.

En esencia, la búsqueda se caracteriza por una llamada espiritual de alguien que comienza desobedeciendo, apartándose de las normas impuestas y que, sin miedo, emprende un camino particular, generalmente nunca antes hollado, al encuentro no ya de su radical individualidad, sino de un poderoso ente espiritual agazapado en el interior que, a la par que reclama libertad, va reconociéndose y aceptándose con cada paso que da. El buscar implica un mirarse en el espejo para, desde allí, poder conversar con su sombra, que es alteridad pero, a la vez, es el individuo mismo. Y ese revés de la creadora de nombre Léonie nos asalta desde el principio hasta el final de Vírgenes y lobizonas, un libro de escritura intensa impregnado a partes iguales de poesía y de onirismo. Como la búsqueda es un viaje, cada isla, cada encuentro, cada parada supone un reconocimiento. Y como descansos en los que se van encontrando un pedacito de un ser disperso pero, a la vez, completo, se estructura este libro de una “mujer que viaja sola” (capítulo XIII).

Irremediablemente, esa interrogación, ese mirar en el “espejo del viejo ropero” (capítulo V), con el que comienza cualquier búsqueda, tiene que desembocar en un largo y arduo periplo por tierras extrañas. Por eso, la narradora, que lo sabe y asume, nada más empezar el libro (“Sobrevivir” del capítulo I), invoca al padre de todos los viajeros, a Odiseo, quien supo llegar a la amada Ítaca (como llegará Léonie al final del libro) tras enfrentarse a sirenas, al desierto, a la deslealtad, a la soledad e, incluso, al desamor. Porque eso es lo que reclama la búsqueda, unas pruebas sobrehumanas que la narradora deberá superar para llegar hasta el ser, y desde allí regalarnos la visión de su particular viaje por algunos lugares infernales, pero también por otros de belleza casi paradisíaca. Vírgenes y lobizonas está impregnado de sueños, pesadillas, visiones… de un espíritu que se transforma en cada hito que supera.

El camino de búsqueda (tan complicado, tan difícil, tan único y personal) va jalonado por símbolos universales, por el lenguaje pan-humano con el que se construyen los sueños. Porque si la búsqueda se inicia con una interrogación, con una pregunta al espejo y con una no aceptación de la realidad dada, desgraciadamente el primer hito, el primer paraje donde la narradora se ve transportada, es el del desierto, el no-lugar del vacío y, a la vez, el espacio donde se encuentran todas las preguntas (que no todas las repuestas). En él, una niña (simbolización de la sombra de la creadora) camina arrastrando una pesada maleta (capítulo III) luciendo un vestido largo de cola que va cambiando de color (del rojo de la pasión, al verde de la vida, pasando por el azul del espíritu para quedarse con uno negro, simbolización de todas las posibilidades). Y ese equipaje, que no es más que herencia recibida de una cosmovisión, de una forma de vivir y aceptar la realidad circundante, a pesar de la prohibición, será abierto, mirado y comprendido. Porque, recordemos, estamos en el camino de búsqueda y en este viaje solo se adentran los que no se conforman, los que, en libertad, se afanan en encontrar una comunión con el ser.

El camino llevará a la narradora (a la poeta que late dentro de Léonie) a mundos lejanos: a mirar la cabeza de Medusa que convierte en piedra a los que no saben las verdades básicas, a pasearse incumpliendo todas las normas, a la Plaza de Santa Ana madrileña, a una conversación imposible en París, a rechazar el acto sexual si no es reunión con el otro, a vengar el engaño, a mirar cara a cara a la muerte y dialogar con ella, a soportar y vencer, en definitiva, todas las pruebas que hagan falta. Porque ésa es la elección de cualquier creador (que se asimila al héroe recordemos), porque ésa es la vida de esta narradora (con alma de poeta) que nos lleva, atravesando parajes de todo tipo, hasta el final de su búsqueda particular, la cual puede ser también la nuestra. Ese fin, cuando se han mantenido las fuerzas, cuando se ha apoyado en un espíritu que no duda en arrastrar pesados equipajes y mirarse en los reflejos de los escaparates, siempre será la reunión con el ser. Será cerrar el círculo, con “Agonía”, eso sí (capítulo XXV) para poder proclamar: “Soy simple y llana, no tengo nada más que lo que te muestro”.

Afortunadamente, toda muerte implica una resurrección, la del capítulo siguiente, y una apoteósica nueva vida que se manifiesta en el último texto del libro con un símbolo tan universal y tan pergeñado con el carácter de reunión y de perfección (también de eterno retorno) como es el del anciano que enseña los rudimentos ocultos de la existencia a un niño. Un viejo que entrena a un muchacho, nada más y nada menos, que en el manejo de las cartas que mueven la vida. Y es desde aquí, precisamente, desde ese mundo onírico (de sueño o de desmayo, pero no por ello menos verdadero) desde donde la narradora vuelve al mundo racional, totalmente transfigurada, reconvertida y reunida. Mirando a la cara de un anciano (que es como decir a la sabiduría), se dirige a su “casa azul”, a la morada pintada con el color que simboliza el espíritu y todo lo que está en el revés de las cosas tangibles.

El final de la búsqueda, del camino y del viaje implica necesariamente una transformación. Volvemos al inicio de la obra, al título mismo, Vírgenes y lobizonas, las primeras intactas, puras, sin mácula, pasivas, aceptadoras del papel social que les quieran imponer y sin cambio alguno; las segundas, criaturas desgarradas que se transforman, las noches de luna llena, en seres en busca de sexo, de sangre y, por tanto, de amor y de comunión.

Es éste un viaje largo, peligroso y desconocido en el que la narradora, a pesar de su soledad, ha estado acompañada y protegida por otros que fueron antes que ella: por el eco de otras palabras de otros poetas, de otros escritores, de otros narradores, de otros fabuladores de todas las épocas y de todos los rincones del mundo en búsqueda de la verdad a través de la invención, tal cual hace Léonie en Vírgenes y lobizonas. Porque la obra al completo está transida por otro hilo conductor intertextual en el que se vuelve a otras culturas, a otras cosmovisiones, a otras épocas, a otras religiones distintas y, a la par, semejantes.

Recurre al universo de Alfonsina Storni, la poetisa modernista que, desgarrada, se adentra en el mar (sea cual sea la versión de la leyenda) para que el agua la cubra y la ahogue. Y si Odiseo, quien venció a Polifemo y engañó a las sirenas, le da la mano nada más comenzar el libro, Alicia (la que traspasa el espejo en un país de las maravillas donde, al vivir al revés, acierta a comprender el mundo propio) la acompañará después. Pero, la narradora confiesa que “vivo muriendo, mientras sigo y sigo cayendo en vértigo continuo” (capítulo VII) y en esa espiral hay más y más encuentros: con una Amarga que rememora los versos de un Federico García Lorca o con esa Nazarena que se hermana con la María bíblica o con ese eterno otro con ecos de Borges. Y ese vivir con sus sucesivas muertes y resurrecciones conforman, en Vírgenes y lobizonas, la búsqueda hacia la ansiada transformación que propicia la reunión con el ser.
Para ello, Léonie, como poeta que es, como narradora de la verdad a través de la ficción, recurre a la escritura que arde en la “pira sagrada para ofrecer a los dioses” (capítulo IX) como la tabla salvadora para agarrarse, para sobrevivir y sobreponerse a la muerte. Es decir, para hacer todo aquello que importa a quien es capaz de atreverse con el camino de la búsqueda.

Candela Vizcaíno
Doctora en comunicación
Escritora y periodista