Escondido en otro

Iba a comenzar a escribir una breve reseña sobre la novela “Para acabar con Eddy Belleguele” de Édouard Louis y tomé conciencia que mis dos reseñas anteriores también referían a la violencia, violencia en todos sus estilos (familiar, social, de pares), todas sus manifestaciones (físicas, verbales, psicológicas).

Es que esa sutil, y no tan sutil, violencia cotidiana mata en muchos sentidos, y muchas veces la víctima llega al suicidio. En la sociedad actual se han identificado, nombrado, y estudiado cada modo de violencia. Se conoce, se comenta, se trata psicológicamente, no se oculta ni disimula más.

En lo personal la violencia me remueve, es como el reflejo de un rayo sobre el pecho, mi alma sufre y duele. Las estadísticas corren hacia las nubes en oscuro contraste con el empoderamiento de las víctimas.

¿Es que las víctimas dejan de ser víctimas en algún momento? Se ha comprobado que quienes sufren bullying de niños o adolescentes padecen como adultos de trastornos psiquiátricos, depresión, ataques de pánico. Puede suceder que el hostigador al ser hostigado, al haber vivido las dos caras del bullying, resulte aún más vulnerable ante las enfermedades psiquiátricas.

Las mujeres, víctimas de violencia domésticas, han logrado romper el tabú, no sufren en secreto y a escondidas, hoy están denunciando a sus victimarios. Pero la denuncia, y el retiro impuesto al victimario por la justicia, no implica que la mujer se recupere psicológicamente, ni que los hijos que crecen en un hogar signado por la violencia no padezca problemas psicológicos que en la adultez lleven a enfermedades psiquiátricas.

Cuando veo a un adulto retraído, que en una fiesta se esconde en un rincón o directamente se niega a salir de su casa, o que por el contrario no cesa de llamar la atención, de convertirse en el centro de las fiestas, pienso qué triste historia carga en sus espaldas. Las relaciones sociales personales se han tornado más difíciles. Cuando digo relaciones sociales personales quisiera hacer referencia específicamente a lo que
hoy es tan cotidiano, las relaciones sociales a través de las redes. En las redes, protegidos por la falta de contacto real, protegidos por la pantalla, todos cambiamos nuestra personalidad, la cambiamos en el personaje que queremos mostrar, que dura mientras podamos mantener las estrategias y no nos saquemos nuestra propia máscara.

Ese adulto retraído puede convertirse en su perfil de FB en el ser más simpático, divertido, y social, con miles de seguidores, así como mantener en Instagram un continuo derroche de alegría a través de fotos, historias. Todo esto es breve y transitorio, la víctima sigue allí.

Hoy tenemos películas, series, que nos hablan de la violencia doméstica, del bullying, del deterioro en las relaciones sociales, pero seguimos padeciendo de la ausencia de estrategias por parte del Estado que prevengan la violencia.

Mientras tengamos niños que crecen entre cuatro paredes de cartón, techo de chapa o un simple nylon, sin agua corriente y sin electricidad; mientras siga el ausentismo escolar, la falta de educación, mientras sigan existiendo los que se llamaban cantegriles, hoy asentamientos, los segregados sociales, los analfabetos sociales, habrá violencia.

Mientras las clases sociales con más recursos económicos no comiencen a cultivar con más rigor la tolerancia, el respeto y solidaridad, habrá violencia.

La novela “Para acabar con Eddy Belleguele”, nos habla de violencia, de todos los tipos de violencia. En esta autobiografía la violencia campea, violencia social, familiar, bullying, de tal forma que el protagonista acaba consigo y cambia su nombre, su vida, su centro de vida.

Me sorprendió como una persona, una única persona, puede llegar a sufrir tanta violencia, ¿cuánto daño hay en su alma, en su psiquis? El autor señaló que su novela: ”La verdad es que la rebelión contra mis padres, contra mi clase social, su racismo, su violencia, sus atavismos, fue algo secundario. Porque, antes de que me alzara contra el mundo de mi infancia, el mundo de mi infancia se había alzado contra mí. Para mí la familia y los demás, me había convertido en una fuente de
vergüenza, incluso de repulsión. No tuve otra opción que la huida. Este libro es un intento de comprenderla”

Señalado desde niño como “mariposón”, “puto” y demás epítetos, con un padre desocupado y alcohólico, rudo y violento, con una madre que debía cumplir con el rol de sustento del hogar, cocinera, y demás quehaceres, con un hermano violento, en una Francia rural, profunda, reaccionaria, en el que el sadismo, intolerancia y discriminación podían llevar a verdaderas persecuciones orgías de violencia y sadismo, en esa sociedad creció Eddy Belleguele.

Me pareció cómo ese desmadre de violencia, discriminación, homofobia, había producido una víctima que ¿por qué no? se había engrandecido por su propia victimización. Violado, marginado, estigmatizado en su hogar, Eddy aprende de la peor manera posible lo que va a ser su vida en ese pueblo. Tratando de sobrevivir utilizó todas las armas posibles, entre ellas su propia homosexualidad, buscando el goce de violado pasa a violador.

Comienza tratando de transformar su inclinación inicial por vestirse con la ropa de su hermana, en un viraje hacia la construcción masculina, tratando de imitar a su hermano al caminar evitando mover las caderas, pero todo resulta inútil, esa lucha por no sobresalir, camuflarse, ser igual al mundo que lo rodea, no solo no lo conduce a nada sino también lo hace sentirse más víctima.

Eddy logró vivir su homosexualidad en total libertad, gozar la vida, y ser en París. Un simple pasaje a París implicó un pasaje a su libertad. Pero en apariencia esa libertad de ser no alcanzó, necesitó destruir a Eddy y renacer como Édouard Louis. Un Édouard Louis que manifestó. “ Yo utilizo la literatura como una herramienta de verdad”.

Para acabar con Eddy Belleguele – Édourd Louis
Editorial Narrativa Salamandra, 2014