Comentarios sobre «Poder»

Dos miradas antropológicas: Anabella Loy y Daniel Vidart

MUJER, no la de las blancas colinas y muslos blancos, amada por Neruda y emblema del amor, sino aquella cuyo itinerario ha estado marcado por catástrofes, esa es la verdadera protagonista del presente libro. En él se revela una presencia sin nombre propio que todo lo abarca en estos poemas en prosa, mientras dispara sus misiles directamente hacia nuestras certidumbres, y las interroga.

Esta poesía se alimenta del dolor y la violencia, y a la vez los descubre e interpela. Nace de la práctica profesional de la autora, que juega con los límites disciplinarios desde sus dos vocaciones, aunque deberíamos decir mejor, desde dos de sus vocaciones, más abarcadoras que el Derecho y la Literatura.

Aquí se trata de la vida empecinada en no dejarse clasificar en categorías conceptuales cerradas, de esa vida gestada en un cuerpo de mujer cuyos derechos se leen en prolijos códigos que, sin embargo, no alcanzan para frenar los embates del olvido, para impedir los efectos colaterales de la destrucción, para conjurar el lado oscuro, ominoso, de lo humano, fermentado en siglos de prejuicio y misoginia.

Léonie Garicoïts se expresa con aguzada puntería, con profundo compromiso por las víctimas -¿quiénes son?- a partir del asombro y la empatía por esos seres dolidos, contradictorios, hondamente humanos, que padecen en carne propia los efectos devastadores derivados de pactos sociales cuyas normas no pudieron o no supieron ser adecuadamente internalizadas.

La mujer, la madre inmemorial, el cuerpo castigado, el alma en pena, el niño asustado o lastimado que no entiende de papeles burocráticos –es que el dolor no consta en actas o en archivos, salvo en aquellos, imborrables, de la memoria, en los que las heridas están impresas, no con tinta sino a fuego-; todos esos personajes constituyen el elenco estable de este drama que es la vida permeada por patologías sociales. La violencia, el caos familiar, el abandono, el alcoholismo y sus conocidos efectos, ocupan los lugares donde deberían reivindicar sus dominios el amor, la protección, la estructuración familiar.

Esta paradoja es denunciada por Léonie Garicoïts. Nos corresponde a todos -como ciudadanos- trabajar para que dicha denuncia se procese por los canales adecuados: la construcción de una sociedad de iguales.

También los antropólogos, desde un continente al parecer ajeno, podemos intentar una interpretación cultural de la poesía, recurriendo a la poesía misma, que por otra parte no nos es extraña.

Poesía viene de “poíesis”, que en griego significa “creación”. Toda creación supone un parto, un nacimiento, en este caso envuelto con vestiduras de dolor y lágrimas. Desde los pantanos del inconsciente, desde el archipiélago de palabras que golpean como piedras sin rumbo, a veces cargando al hombro una bolsa llena fantasmas, se disparan las razones de la sinrazón en busca los
patios traseros de nuestra especie donde se corrompe la inocencia primigenia del hombre. La fiebre y su delirio caminan de la mano en estas prosas angustiadas, en estos poemas calientes como lágrimas . A veces hay que proyectar en un mapa mental, en una gramática de la angustia, con el fin de ordenarlas, de interpretarlas, a las frases provenientes de una voz que clama sin que nadie la escuche, que se expresa en un lenguaje rebelde a la sintaxis, que da libre paso a los desamparos, las impotencias y las intemperies del cuerpo mancillado, de la confianza rota, del desamor que empuña sus piquetas coléricas y desatinadas. De tal modo, golpe a golpe y verso a verso, como decía Antonio Machado, sale al encuentro de todas las melancolías una criatura empapada en sangre, transitando por el itinerario secreto de una violencia no denunciada que transcurre desde la orilla virtual de lo mágico a la orilla existencial de lo trágico.

La poesía de Léonie Garicoïts, abogada, experta caminante en el erial en el que se asientan los tribunales y sus fallos ambiguos, es algo así como el azogue del espejo donde el derecho refleja la fría luz de las leyes y el discurso impersonal de los códigos. Angustiada, vacilante, sale al encuentro de las parejas castigadas por el desconsuelo, de la soledad del niño, del cuerpo golpeado y sangrante, de la furia empecinada del macho ciego, de la paradoja de una vida que se ha convertido en la antesala de algo peor que la muerte. Entonces vuelan las palabras al igual que pájaros heridos, ceñidas por el agobio de los reproches, rescatando sentidos en la selva de los símbolos.

En estos poemas late detrás de la letra, del desgarrado modo de decir las cosas, de la insularidad del dolor, un reproche a la condición humana, a la parte sombría y titánica de nuestro ser, esa que se refugia en los agujeros negros del alma, más tenebrosos aún que los de las noches del mundo. En verdad, no había otra manera de expresar, como lo ha hecho Léonie Garicoïts, la vergüenza, el miedo, la insanía , el desencuentro y la intemperie de las almas escondidas detrás de la puerta de los cuerpos sufrientes que no pueden fugarse de las manos coléricas, que no encuentran posible refugio en los desiertos de la vida.

Comentario de Rafael Courtoisie

Poder y discurso poético

Cuando se habla de “poder” se piensa con frecuencia en el imperio que se impone a la sensibilidad, en un torrente oscuro que inunda el sentir, que lo ahoga. Esta asociación inicial no se confirma necesariamente cuando se ahonda más allá de la denotación aparentemente más obvia del vocablo. Al menos, la situación que plantea el significado de la palabra “poder” no puede reducirse a consideraciones simplistas.

Existe un poder ciego y, tal vez más importante, un poder luminoso, el poder de la oscuridad y el poder de la luz. Un poder suave y otro áspero. Un poder profundo y otro superficial, un poder visible y mil poderes invisibles.

La realidad es dialéctica. La palabra humana impulsa un poder formidable, más allá de la fuerza bruta. “No hay poder fuera del discurso”, decía Michel Foucault y este es un libro foucaultiano, un libro que devela y expone las relaciones de poder y parte de su intrincada trama vincular mediante el instrumento de la poesía.
El poder se hace en la palabra, por la palabra y desde la palabra. La palabra “poder” está repleta de debilidades, su campo semántico abarca un dinámico juego de contrarios. Sólo la poesía devela el rostro de la realidad, su discontinuidad y su secuela. Sólo la poesía se instala más allá del límite discursivo de la soledad “compartida” y la miseria humana en que deviene el convivir cotidiano y el naufragio de los proyectos vitales.

La palabra libera. La palabra instaura un poder más allá de la violencia fáctica de la materia. Se trata de un poder que supera las restricciones de la sustancia, del gesto y del impulso más primitivos.

La poesía es un poder humano quintaesenciado, el poder del decir, el poder del saber, la ineludible fuerza de la razón estética sobre la masa informe y extensa de la existencia.

El poder de Léonie Garicoïts reside en la palabra: una poesía liberada y liberadora, atenta a los ciclos de la oración sin ser esclava de los moldes preceptivos, volcada en prosa rítmica o en verso estricto, conciente de que en toda expresión poética lo fundamental es llegar a esa secreta y única encrucijada entre el fondo y la forma, sabedora del enigma que plantea el amor irresuelto entre significante y significado.

Aquí el yo lírico alcanza una pluralidad de voces. Hay un discurso femenino y un discurso masculino, un discurso adulto y un discurso adolescente, un discurso de partes en pugna, que se odian y aman, que se atraen y rechazan, y la voz de un tercero que discierne y que, sobre todo, también siente.

Es el poder del sentir lo que se establece en este compacto y original poemario.

El lector no asiste a un juicio en clave poética sino a la interioridad de las relaciones de los seres humanos, y esa interioridad, a veces amarga, está expresada con voluntad de belleza y claridad.

Léonie Garicoïts propone, entre otras cosas, una poesía de la conciencia hecha cuerpo. Una poesía viva y resuelta que expresa la hermosa y amarga complejidad humana, en todos los géneros, en cada circunstancia.

“Poder” es la derrota de la fuerza bruta y la victoria de la intimidad de la poesía, de su serenidad sobre el estruendoso avatar de los seres humanos.

Rafael Courtoisie

Comentario de Anabella Loy

Antropología y poesía no están tan alejadas como podría pensarse, y si bien la segunda ha sido monopolizada en su estudio por la teoría y la crítica literarias, en una perspectiva amplia, como parte del quehacer humano, es un hecho de cultura. Y lo es porque el poeta juega deliberadamente con el lenguaje para expresarse y a la vez interpretar o dejar traslucir la visión del mundo consustancial a la sociedad en la que vive.

Esta noche nos convoca un poemario breve aunque intenso y profundo, de Léonie Garicoïts, para reflexionar sobre varios temas. El primero tiene que ver con el título, que naturalmente no ha sido elegido inocentemente.

“Poder” significa capacidad para hacer algo, pero a la vez equivale a dominio o influencia, eficacia, fuerza, delegación, sometimiento.

Con relación a este libro, el término “poder” me hace pensar en la coacción denigrante que se ejerce sobre seres indefensos como son las mujeres y los niños, fundada en la violencia física o psicológica. Y también me hace evocar su contracara, el poder que cada vez más mujeres recuperan para liberarse de ataduras que las inmovilizaban en situaciones de humillación y dolor. Aquellos resabios de patriarcalismo son asimismo las inercias del poder de la tradición en la que se funda el mandato masculino y éstas son las valientes respuestas femeninas, para recuperar la identidad sustraída y el control de sus vidas.

Ahora bien, mientras estas tensiones derivadas de modelos culturales en transición muestran los efectos del contraste entre dos tipos de sociedad –una patriarcal, otra en vías de la emancipación femenina-, millones de mujeres no occidentales sufren en sus cuerpos y en sus almas las mutilaciones a las que las somete el poder masculino legitimado desde tiempo inmemorial por textos sagrados, mitos, costumbres y leyes.

El poder cobra entonces un significado paradójico, en tanto dominio, por un lado, y en tanto lucha liberadora, por otro.

Léonie devela en estos poemas en prosa los efectos devastadores de la violencia, digamos del poder de la violencia para imponer, para poseer los cuerpos y para apropiarse de voluntades ajenas. Es que ella trabaja, desde dos de sus vocaciones, sobre materias que conciernen a la violencia y a la familia, avizorados desde el doble mirador del derecho y de la poesía. Se trata de temas sobre los cuales la antropología tiene muchas cosas que decir. He escogido como núcleo central de estas reflexiones, que no son glosas poéticas sino intentos de contemplar, con ojos de investigador social, algunos poemas muy significativos de la primera parte del conjunto.

En el primer poema del libro, Odi et Amo, se recrea, desde una voz de hombre, la línea que separa los opuestos, los sentimientos encontrados que van desde el odio al amor, pero lo que me resulta más significativo aún es el carácter inexorable de la continuidad del conflicto: “hoy, ayer, en espera del fantasma que nos recorrerá mañana, sin poder olvidar”. Creo que es posible leer la decepción que se instala cuando se sabe que nada cambiará, que la espiral de violencia persistirá en su perpetuo ir y venir, como en el mito del eterno retorno. Y cada nueve días, en promedio, esa espiral cobra una nueva víctima femenina dentro de nuestro país.

En el poema II se nos confronta con la certeza de la mujer que al mirar al hombre que amó y que la golpea sin piedad, descubre a alguien a quien no reconoce al par que ella nunca más será la misma: “supe que no eras vos, que no era yo, que habían quedado atrás los años y que es el abandono de nuestras almas lo que nos marca la despedida”.

Léonie es clara: las huellas físicas de la violencia dejan marcas en las almas, a tal punto que la palabra “despedida” actúa como rito de tránsito entre dos identidades mutantes que dejan de ser quienes eran, que se despiden de una identidad que fue y no se recupera.

En el poema III, se alude al poder como fuerza ignominiosa y desconocida: “y no sabía qué había detrás de tu mirada que subyuga, que domina, que me hace pequeña”. La pasión que el hechizo viril desencadena se paga con la moneda de la inferiorización, empequeñecimiento que trasciende la esfera personal y cuyos efectos pueden rastrearse en la realidad social. Hace pocos días, el Canario Luna, interrogado sobre cómo procedería si una hija suya fuera golpeada por su marido, contestó, palabras más, palabras menos, que habría que averiguar antes si ella se había portado bien. Es decir, si era merecedora o no del castigo. Sin palabras.

El poema IV revela una traicionada esperanza femenina que esperando amor encuentra violencia – “el velo de novia desgarrado” – situación por la que pasan y han pasado muchas mujeres. Y aún más: “y a la bella durmiente la engañaron sus ansias, y se equivocó, el silencio no la salva…” . Así es, el silencio no salva a muchas mujeres que no denuncian. Porque se ha convertido en costumbre. Estos silencios temerosos que desvalorizan la vida se transforman muchas veces en el definitivo silencio de la muerte.

El poema VI, en tono de reproche, introduce otra clase de violencia, no menos dramática: la del enfrentamiento verbal que fluctúa entre la acusación de desinterés: “pretendés ignorarme”, “ni me levantás”, “ni me ves”, pero que a la vez deja traslucir la reciprocidad de la denigración: “todo donaire, todo don nadie, todo aire sin/don”. La rutina, el desamor, la falta de respeto, fomentan a veces una violencia contenida, pero que finalmente explota.

La temática del poema VII compendia la idiosincrasia del golpeador: “sobre la cobardía floreció un nuevo proyecto”. De tal modo la ambivalencia de la víctima transita entre la mentira autoindulgente y la voluntad de rescatarse a sí misma: “acudió a su integridad para acallar las mentiras que se decía”. Al mismo tiempo procura proteger con su actitud valerosa a los hijos espantados: “es por ellos que miran expectantes que no se rinde”. La mujer, que oscila entre dos polaridades de distinto signo, coloca la maternidad en una de ellas, e intenta salvarse de los efectos dolorosos en la otra.

El poema IX alude a la violencia de una madre negligente hacia sus hijos pequeños. Ellos no entienden el entorno que los rodea: en vez de abandonarse al deseable y necesario sueño de la niñez, se ven envueltos en las consecuencias del desorden del mundo adulto: “nos llegan sus risas, cantos de porros y vasos amarillos”. Más aún: “mientras mis ojos arden, mi hermana moja la cama”, dice Léonie colocándose en el lugar del niño que juega a las escondidas con la realidad empecinada en dolerle porque encuentra caos cuando necesita coherencia, orden, protección de los mayores. Tal vez todos tengamos un costado ominoso y otro luminoso: para algunos pueblos se trata de la existencia de varias almas desdobladas del cuerpo, cumpliendo diversas funciones. Para un niño sin nombre, sin embargo, el amor y la negligencia no pueden coexistir, porque le impiden lograr una identidad armoniosa y lo sumergen en un dilema existencial irresoluble.

Y precisamente el tema de la identidad, de los modelos de trasmisión, es retomado por Léonie en el siguiente poema, el décimo. La cultura es traspaso de valores, creencias, costumbres y modelos identificatorios, de una generación a otra. La internalización de las pautas sociales vigentes en el niño se produce en primer lugar dentro de la familia, al observar e imitar roles de comportamiento: “olvidás que sos padre, que sos hombre, que tu vida ya no es tuya, que otros ojos te miran como ejemplo de sus vidas”… ”y pierden sus sueños mientras sus cuerpos tiemblan”… ”ogro insaciable que descuartiza almas”….

Ningún tratado de antropología sería más explícito que lo expresado por la autora en los tres fragmentos anteriores. En efecto, al perderse el ideal de una familia integrada y sana, lo que se descuartiza es la continuidad de un modelo basado en el amor y la cooperación al tiempo que se siembran las semillas para que madure la violencia. Dicho modelo se trasmitirá inexorablemente a los hijos, y éstos a su vez lo perpetuarán, a menos que se produzcan los cambios necesarios para disputarle socialmente la primacía al ya aludido principio de inercia.

En el poema XIII la autora interpreta la voz de un niño cuyo sufrimiento no consta en ningún archivo, en tanto que sus necesidades insatisfechas trascienden cualquier burocracia. Se habla de un niño que tal vez sea la moneda negociable de un acuerdo de divorcio y que clama contra el desamor y el olvido, pidiendo por la vida, interpelando imperiosamente a los padres en conflicto: “y en el silencio huyen de desamores que son y afectos que fueron en la misma cama. No señor, no señora, ellos están, ellos están, ellos están”.

El poema XIV nos instala ante un notorio desencuentro: la decisión judicial y la vida verdadera marchan por carriles de imposible coincidencia. Se hace evidente la certidumbre de que aplicar la ley es como conducir las mulas por un desfiladero, sabiendo que cualquier paso en falso podría provocar una tragedia: “aguardo un indicio, una señal, que permita la agudeza de discernir, soslayando hecatombes”. La vida es constante desafío, y Léonie lo asume.