Comentarios de «Tatuado en mí»

Comentario de Selva Casal

En este “Tatuado en mí” de Léonie Garicoïts palpita, se estremece un río de fuego.
De este modo, nos entrega su mundo poético, “su espíritu expectante” se pierde en la hora ignomiosa; la encierran laberintos.
Sentimos al transcurrir su obra, un alma sensible que sufre la obsesión de su mente; inventa un mundo ignoto, donde lo más íntimo de su ser, se abraza a la vida que la hostiga.
Hastío; desolación; un sentido profundo del tiempo, que todo lo devora: todo esto teñido por la fuerza de la emoción, son quizá las características dominantes de su poesía.
No olvidemos que para Platón la poesía “está llena de enigmas”. De ahí que se vuelva difícil (si no imposible) el análisis de un poemario. Porque así como cada persona, es responsable de sí misma, así lo es cada libro y ahí va entre penumbras y riesgos hacia un destino desconocido.
Este es un libro lleno de amor, amor que asume rostros diferentes, y en cada texto surge desde una luz oscura.
Es que mana del inconsciente que es el más feroz guardián de nuestras verdades.
Para comprenderlo, entremos en él como si fuera nuestro propio mundo.
La autora se desliza con un lenguaje personal, intemporal a momentos, y nos lleva hasta lo íntimo de sus vivencias.
Comprendemos en virtud de sus semejanzas, y así el hombre es y será siempre él mismo, cuando de lo esencial se trata.
También es cierto que el alma está llena de imponderables en los que es imposible penetrar y eso mismo nos configura únicos y distintos.
Un tiempo lejano y siempre presente, avanza desde nosotros, cargado de emoción.
Es la figura de su padre el Doctor Fermín Garicoïts, al que este libro está dedicado.
Sencilla profundidad aflora en poemas como: “Adriadna” “el deseo de ser noche”.
La noche, madre de los poetas, o en el poema “Ícaro” que conserva huellas de alas quemadas en su espalda.
Así en cada poeta, hay memoria de alas y de un íntimo remoto el que no obstante haber desaparecido, el poeta en un intento de autenticidad y desafío, recurre. Y solo Dios sabe lo difícil que es la palabra. Apenas nos valemos de hipótesis y metáforas, para tener lo desconocido.
Así asistimos a un mundo que es apenas “un caleidoscopio”; es decir que su estilo y su aliento trasciende hacia lo delirante, como sucede en toda poesía verdadera.
Sabiendo esto, Léonie escribe estos versos donde el amor es alfa y el omega, donde el otro es a la vez el mundo.
Amor inconmensurable regido por un ritmo que lo pone al unísono con el universo.
Si bien no son los temas que dan calidad a la obra y ésta reside en algo que no se puede definir, acá es desde el abrazo y la entrega, que se va modelando esta poesía.
Así nos dice: “busco el abrazo del viento y me pierdo en el azul” y su vida parece renacer “de rojas pasiones perdidas” hasta hundirse “en el verde de sus incendios”.
Sabiendo que la soledad está en las alturas ¿cómo es que intentamos explicarla?, es decir la poesía como hecho dramático de la conciencia, todo lo que nos trasciende y vive en esencia, en la sustancia de las cosas, escapa a toda didáctica. Vivimos los enigmas, nos abrazamos a ellos; son los monstruos de nuestro devenir; aquellos de nuestros primeros años, el amar, el morir. Poesía más misterio que el misterio.
Es vacío, acción inagotable. Se oculta y se deshace, se distrae, tal vez como para seguir el consejo de “Lao Tse, que tuvo como aspiración la de ocultarse a sí mismo y permanecer si nombre”.
De ahí lo inconmensurable, lo peligroso que es la experiencia poética.
Léonie deja que la poesía la habite orgánicamente, sea su alma y su cuerpo. Que el tiempo la llene de energía cósmica y desde éste “tatuado en mí” siga brindándonos todo el fervor de su alma.

Selva Casal
Julio 2009

Comentario de Andrés Echevarría

Cicatrices y tatuajes

Las referencias mitológicas de Tatuado en mí son un presente y la primera persona que anticipa el propio título. Desde los primeros poemas, Andrómaca, Helena o Diana son la vital encarnación que en Léonie resuenan con sus improntas sin tiempo. El desencuentro, el despecho, una Afrodita que no se reconoce a sí misma conmueve al lector cuando triangula el personaje, la escritora y finalmente el interlocutor que transita las páginas de Tatuado en mí. Este tríptico planteado —fábula, vivencia personal de la autora y experiencia universal— desencadenan lo esencial que hace a la poesía. El lector comprende a través de algo más trascendente que la simple anécdota. Comprende en la metafísica creada entre los versos, y por lo tanto es íntimamente que se intuye el latir del drama que subyace: esto es la experiencia medular de la poesía. Léonie evita el encuentro tribal con su entorno, el contexto erosiona su pensamiento, su sentir, y esto es expresado en varios pasajes del libro. “No te quiero enemigo, / te siento / en la cicatriz de mi cuerpo”. Estas cicatrices que provocan el desgaste de vivir, son menos dramáticas cuando se aceptan como un tatuaje como en el último poema que da título al libro. “Besaste mis lágrimas / tu cuerpo se hizo alma / en mí,”. En este último poema, transitan otra vez Afrodita, Ícaro, Odiseo es el conquistador de lo que la autora refiere como “mi Ítaca”. Este amante luego es Prometeo, es Adonis y finalmente Zeus. Tatuado en mí construye una unidad valiente, desnuda, es la sensualidad que convoca a estos personajes de una manera indudablemente sacrílega, pero también de la manera en la cual les rinde un más alto honor, ya que convoca el origen de estos mitos, es decir el sentir universal, palpable de la connivencia humana, con su entorno, con su naturaleza, con su prójimo y con los afectos y temores que hacen su pensamiento. De allí nacieron los mitos que convirtieron el drama humano en leyendas, y Léonie los encuentra en su propia vivencia y en la alquimia de convertir sus cicatrices en tatuajes.
La referencia, casi siempre, a un interlocutor causante de las llagas nunca cae en la obviedad de una acusación, por momentos parece casi agradecerle la experiencia vital, constituyéndose esto también en un acto de valentía.
El tatuaje es una herida y la herida es un tatuaje. ¿Cuál es la alquimia que convierte la herida en tatuaje para Léonie? Seguramente la misma, y de ahí la convocatoria, que creó el concepto de clásico en los dramas de Desdémona o de Tristán. Estos poemas poseen la mágica poción capaz de lograr esto. Una poción que mucho tiene que ver con la desnudez de los versos, que mucho tiene que ver con la generosidad con la cual se nos obsequia el precioso dibujo de los grabados, las líneas íntimas y profundamente femeninas trazadas en Tatuado en mí.

Comentario de Gabriela Onetto

Comparto con Léonie Garicoïts el interés —sería más justo llamarlo «fascinación»— por lo mitológico, por esas misteriosas imágenes y motivos arquetípicos que se expresan en todas las culturas, en todos los tiempos. Ícaro, Ariadna, Heracles, Tristán, los modelos existenciales de La odisea de Homero, los personajes de la tragedia shakesperiana (que, más allá de las intransferibles formas literarias del autor, surgen de la tradición popular) son todos frutos y hojas de un árbol milenario al que también nosotros, contemporáneos, seguimos conectados por ramajes invisibles. Con sus poemas —la arrolladora mayoría en segunda persona, dirigidos a un «otro»—, Léonie se identifica con el dios y el héroe, la dama y el caballero, la maga y la musa, y desde ese contacto interno con el personaje mitológico va esculpiendo el conflicto, sacando vetas a la superficie, compartiendo lo que des/cubre su mirada en el proceso. El mito y la leyenda necesitan reactualizarse en forma permanente para no perder sentido; Tatuado en mí es el resultado de una búsqueda personal desde el presente, desde lo que mueve a su autora, y no desde lo erudito o el mero interés por lo arcaico. No sin razón Joseph Campbell, uno de los máximos gurús en la materia, insistía en afirmar que la mitología se asociaba con la poesía y la metáfora en su naturaleza misma. Los arquetipos mitológicos tienen vida para rato, si nos las ingeniamos para darles sus espacios.

Gabriela Onetto
Junio 2009

Comentario de Daniel Vidart

Un poderoso y desgarrador lirismo. La apoteosis del yo sufriente, un impulso poético convincente, angustioso y angustiante, una voz personal, que transmite el mito en vivencias, en tiempo y espacio propios, donde confluyen lo sagrado y lo profano.
Van creciendo el impulso y la creatividad de una poesía conmovedora, desnuda ante el espejo.

Daniel Vidart
Mayo 2009

Comentario de Jorge Arbeleche

A través de la asunción de personajes de la literatura clásica, de dioses y de mitos, la poeta va dibujando un itinerario de pasión y desgarro, que se ve atenuado por la perspectiva que impone el personaje elegido para una confesión, donde se ahoga su estridencia por la distancia impuesta entre el “yo” lírico y el literario. Desfilan entonces desde Helena y Andrómeca hasta Ícaro y Desdémona. Cada uno de los personajes es un peldaño para ascender o descender a un infierno o clavario que conduce a la última parte del libro, constituida por un largo poema que da título a todo el volumen, y donde se percibe el dolor de llaga al descubierto, de herida jamás cicatrizada, de voluntad lastimada o mejor dicho casi aniquilada por la obsesión de esa pasión que desvasta y ahoga y sólo, a través del verso, alcanza a sublimarse y a respirar, luego de ese padecer, propio de toda pasión, que es necesario transitar para llegar a la superficie de luz y aire, gracias al soporte de una palabra poética emitida con temblor y lucidez.

Jorge Arbeleche
Junio 2009